Uso de plaguicidas: cuando el fin NO justifica los medios y los medios ya no sirven para ese fin

La agricultura representa cerca de un tercio del PIB mundial otorgando miles de millones de dólares anualmente para los grandes actores de este sector. Tan solo en México durante el primer semestre del año 2016, las exportaciones agroalimentarias alcanzaron 15,015 mdd en el primer semestre del año, lo que implicó 6,912 mdd más que los 8,102 mdd que sumó la venta de petróleo en igual lapso.


Debido a esto, la actividad agrícola mantiene una presión económica y comercial constante tanto sobre las personas como sobre el territorio en el que se implementa. La consigna: más producción, menores costos en extensiones de terreno más pequeñas que encuentra en el modelo intensivo su mayor exponente.


Mediante la agricultura intensiva se obtienen varias cosechas al año utilizando fertilizantes y plaguicidas y sembrando una sola especie de planta en sistemas llamados monocultivos.


Como es lógico, en este sistema no tiene cabida la biodiversidad ni encima del suelo ni debajo de él. Así, las barreras físicas, biológicas y químicas desaparecen así como las famosas redes tróficas con sus depredadores, competidores, mutualistas y parásitos, poniendo así la mesa, la casa y  un festín de hojas tiernas, almidones y azúcares para ciertos bichos. Resultado: hemos creado las condiciones para que aparezcan las plagas.


Las plagas son un gran dolor de cabeza para productores grandes y pequeños. Su aparición causa desabasto y enormes pérdidas económicas por lo que se volvió de suma importancia el control y erradicación de estos y otros focos rojos que propicien una merma en la producción.

Esto en un principio se “resolvió” con el uso de plaguicidas que, al igual que los antibióticos, en su momento parecieron ser la respuesta a nuestros males en la lógica de “te estorba, mátalo”, pero como dirían en Jurassic Park, “la vida siempre encuentra el camino” y no siempre de la mejor manera.


¿Qué es un pesticida?

Un pesticida es cualquier sustancia o mezcla de sustancias dirigidas a destruir, prevenir, repeler, o mitigar aquellos individuos que compiten con el cultivo (herbicidas) o que lo depredan (insecticidas, fungicidas, bactericidas) ya sea de origen químico o biológico.


Éstos son compuestos químicos altamente solubles y persistentes que se introducen al organismo de los seres vivos con mayor o menor selectividad; diseñados para atacar funciones específicas de los organismos blanco, culminan con la muerte de los individuos. Los pesticidas incluyen una gran variedad de piretroides, carbamatos, organoclorados y organofosforados/organofosfatados de alta toxicidad para insectos y mamíferos, generalmente por actividades neurotóxicas, y compuestos organometálicos para control de hongos y hierbas.


La mayoría de estos compuestos son inespecíficos, es decir, que no afectan solamente al organismo deseado, sino que arrasan con todo lo que tengan se tope de frente con ellos, desde depredadores y antagonistas de estas plagas o polinizadores que son de vital importancia en los procesos biológicos de las plantas, hasta trabajadores agrícolas, sus familias y los consumidores que los llevamos a nuestra mesa.


Algunos dirán “el fin justifica los medios” el problema es que ya ni siquiera estamos alcanzando ese fin. Así como las bacterias multirresistentes a antibióticos, la evolución de las plagas agrícolas también han burlado nuestros intentos químicos por erradicarlas al desarrollar resistencia. La moquita blanca, el gusano del tabaco, el gusano rosado, el picudo algodonero, la pulga saltona y cerca de 500 insectos más ya son inmunes a nuestras armas químicas contra ellos.

De la guerra a nuestra mesa


La inversión, investigación, desarrollo y aplicación que llevó al diseño de este tipo de productos fue bélica. Durante la primera y sobre todo la Segunda Guerra Mundial, se generaron cientos de compuestos químicos que pretendían acabar con los soldados del escuadrón enemigo. Durante este periodo se le inyectaron grandes cantidades de dinero a la industria química, al terminar la guerra, parecía una locura hacer a un lado todo lo invertido, así que voltearon a otro sector con un potencial enorme de generar dinero, la agricultura.


Durante la Segunda Guerra Mundial aparecieron los organofosforados como desarrollo exclusivamente militar (gases neurotóxicos) y luego de la guerra, con un amplio uso agrícola. Así aparecieron en los ’50 el paratión y el malatión, organofosforados que se consolidaron como insecticidas principalmente agrícolas y su uso se incrementó enormemente con la prohibición del uso de los organoclorados.


Otros ejemplos son el dicloruro de carbonilo que es es un gas incoloro, este producto es intermedio en la producción de tinturas, plaguicidas y algunos fármacos. Tuvo gran importancia en la primera guerra mundial.


Población más vulnerable


Todos somos potencialmente vulnerables ante los efectos negativos de los pesticidas sin embargo los sectores de la población que se han visto mayor afectados son:


Agricultores y aplicadores de plaguicidas: en ellos se ha encontrado altos niveles de sustancias químicas en sangre y tejido capilar. Las intoxicaciones agudas resultan en náuseas, dolores abdominales, diarrea, mareos, ansiedad y confusión.


Fetos, lactantes, niños y adolescentes en crecimiento: Los niños corren más riesgo que los adultos porque ellos comen más en relación con su peso corporal. Exposiciones durante los períodos vulnerables del desarrollo pueden ser especialmente peligrosas. Estos periodos incluyen el desarrollo embrionario, la infancia, la niñez temprana y pubertad. Los fetos se ven expuestos a pesticidas a través de la dieta de la madre. Los bebés se ven expuestos a través de la leche materna.


¿Cómo solucionar esta problemática?


Hay que comenzar por cambiar la idea de esa agricultura “convencional y funcional”, y dar pie a alternativas más rentables, eficientes, y duraderas Es necesario generar nuevos métodos y manejos en la producción de alimentos. Generalmente se dice que hay que dar

un giro de 180 ºC a las cosas para solucionarlas, nosotros más bien creemos que debemos buscar a través de varios ángulos simultáneos, en concordancia con el contexto, los requerimientos del suelo, del productor y de la comunidad a la que pertenece. Entre otros es de vital importancia empezar por:

  1. Exigir transferencia tecnológica completa y no sólo venta de sustancias cada vez más tóxicas para entender uso, modo de acción, y uso seguro.

  2. Utilización moderada, puntual y oportuna de plaguicidas, sólo como último recurso y no como profiláctico (que además no sirve)

  3. Observación y entendimiento de las plagas, para conocer sus ciclos, necesidades nutrimentales así como formas de reproducción y propagación.

  4. Utilizar técnicas culturales diversas y manejo preventivo.


Algunas alternativas:


Agricultura de conservación: es una práctica agrícola sostenible y rentable que busca la protección del medio ambiente, como también brindar un soporte a los agricultores en la reducción de costos de producción y mano de obra a través de sus tres principios: reducir al mínimo el movimiento del suelo (sin labranza), dejar el rastrojo del cultivo anterior en la superficie del terreno para que forme una capa protectora y practicar la siembra de diferentes cultivos, uno después de otro, o sea, la rotación de cultivos.

Lógica: Cambiar los elementos químicos del suelo para cortar los ciclos de las plagas así como interrumpir su desarrollo al variar su dieta potencial.


Agricultura orgánica: La agricultura orgánica es un sistema holístico de gestión de la producción que fomenta y mejora la salud del agroecosistema, y en particular la biodiversidad, los ciclos biológicos, y la actividad biológica del suelo. Hace hincapié en el empleo de prácticas de gestión prefiriéndolas respecto al empleo de insumos externos a la finca, teniendo en cuenta que las condiciones regionales requerirán sistemas adaptados localmente. Esto se consigue empleando, siempre que sea posible, métodos culturales, biológicos y mecánicos, en contraposición al uso de materiales sintéticos, para cumplir cada función específica dentro del sistema.


Manejo integrado de plagas: El Manejo Integrado de Plagas (MIP) es una estrategia que tiene como objetivo controlar las plagas, enfermedades y malezas que afectan la agricultura, con un enfoque sustentable. Está compuesto por un conjunto de herramientas y prácticas culturales, biológicas y químicas socialmente aceptadas, minimizando el impacto económico y ambiental. El MIP incluye el uso responsable de productos agroquímicos y productos biotecnológicos.


Lo importante es poder darnos cuenta de que existen alternativas, métodos y estrategias que nos permiten encaminarnos a una agricultura que genere el medio idóneo para el desarrollo social, económico y ambiental, otorgando alimentos de mayor calidad los cuales nos merecemos cada uno de nosotros.

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