Crónica de un maíz (y qué maíz)

Por: Etienne Rajchenberg




En este camino, se tiene la oportunidad de conocer a mucha gente interesante. Al Ing. Darío lo conocimos en una visita al invernadero de arándanos que él dirige. No fue difícil querer trabajar con él: con una calidez sorprendente, un liderazgo humano y eficaz, y sin duda una capacidad técnica de la que teníamos mucho que aprender. Con las muchas visitas que hicimos a su campo, pudimos no sólo conocer al gran grower que es, sino también a la persona generosa que estaba detrás.


En alguno de esos momentos, probablemente con una tortilla o un café en la mano, fue que nos contó que en su lugar de origen se dedican principalmente al maíz. Con todo el conocimiento que ha adquirido, buscaba llevar una propuesta tecnológica que, si todo salía bien, permitiera producir más con menos, cuidar esos suelos que lo habían visto crecer, y otorgar a sus amigos y familiares una alternativa como la que ya había visto en sus arándanos.




El reto era difícil, pero estaba ya sobre la mesa, y esos son precisamente los retos por los que vale la pena desvelarse un poco. Incluso nos soltó un número que por ese entonces se antojaba a no más que una meta soñadora: alcanzar las 20 toneladas por hectárea. Se dice fácil.


Comenzamos a platicar con la familia de Darío, productores de generaciones, que con la inmensa generosidad y amabilidad que los caracteriza, nos ha tenido desde entonces como comensales en su mesa cada semana.


Llegamos un poco tarde al proyecto: el suelo ya estaba fertilizado con la receta utilizada en años anteriores que, por otro lado, les había permitido producir en promedio 14 toneladas por hectárea. Nada mal.


Justo a tiempo, comenzamos a tratar la semilla con CRE-CR. Por los resultados que hemos obtenido en todo el país, y en las pruebas de validación realizadas con CIMMyT, estábamos confiados de que sólo con esto ya tendríamos una mejora sustantiva en el rendimiento. Pero el reto de Darío estaba claro, y necesitábamos una propuesta más ambiciosa para llegar hasta donde queríamos.


Nuestro equipo de I+D trabajaba sin pausa. Los correos iban y venían igual a las dos de la tarde que a las dos de la mañana. Buenas ideas, buenas pruebas, y resultados negativos eran el pan de cada día. Buenos y caros resultados que fueron descartados precisamente por eso. Repetir, modificar, evaluar, repetir y cambiar de nuevo. Finalmente, dimos con una buena noticia. Desarrollamos un sistema de quelación de minerales, que con alguna ingeniería y mucho desarrollo de procesos dio vida a FoliaG.




Sin tardar, comenzamos las aplicaciones foliares, y dimos seguimiento al maíz semana con semana. La expectativa y preocupación poco a poco dieron paso a la alegría y la esperanza. Nuestro testigo se quedaba atrás, cuando el campo tratado ganaba fuerza. Hojas más verdes y gruesas, porte impresionante, raíces activas que ya de tanto no caber crecieron hasta en las calles, y finalmente, después de meses de expectación, los xilotes. Como en esta variedad no esperábamos más que una mazorca por tallo, contábamos, pesábamos y calculábamos. De pronto, un segundo xilote se dejaba ver. Después, un tercero y hasta un cuarto. El gusano cogollero, que había llegado temprano, se mantuvo a raya con ProTG. No utilizamos pesticidas sintéticos ni una sola vez. Finalmente, queríamos poder comer de esos elotes sin preocupación. Y un día cualquiera, pudimos. Comimos todos elotes hasta hartarnos entre bromas y risas.


Cuando el campo está bien, hay tiempo para reír. Cuando el suelo está sano, hay tiempo y futuro, porque la vida genera vida; porque lo que le das a tu tierra, te regresa multiplicado.




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