Buen vivir y la ética de las redes que transforman

Cuando se estudia a detalle un sistema autogestivo, ya sea un ecosistema o un individuo, pronto se hace claro que aquello que le da estructura, funcionalidad e identidad no son la suma de sus partes sino las propiedades que emergen en niveles mayores de complejidad. Estas propiedades no se encuentran fragmentariamente distribuidas entre las piezas del sistema, sino que radican en las interacciones que se establecen entre ellas. (Barabasi & Albert, 1999)


El conjunto dichos nodos e interacciones crean una red que en todos los casos del universo, desde las moléculas hasta las galaxias siguen el mismo patrón: una serie de conjuntos o clusters relacionados entre si con la presencia de nodos hiperconectados llamados hubs así como nodos de baja conectividad (nodos periféricos). (Jeong, Mason, Barabasi, & Oltvai, 2001)


La relevancia de la función que cada entidad desempeña en la red es independiente de su posición. Sin embargo, cualquier función sólo cobrará su plena relevancia cuando forma parte del entramado, y participa en la construcción de un resultado más complejo. Por lo tanto, el total o la mayor parte de la red es necesaria para que emerjan propiedades sofisticadas. (Barabasi & Oltvai, 2004)


Creemos (y la Teoría de Redes lo confirma) que el universo – desde las partículas subatómicas hasta la totalidad del cosmos – es una serie de redes fractales anidadas en todas las escalas, con reglas comunes, sin centros, pies ni crestas, donde lo importante son las relaciones; la calidad, cualidad y cantidad de ellas. Los movimientos de las esferas celestes, tanto como la respiración de una hormiga son dependientes de una serie de relaciones con el exterior: desde la gravedad de las estrellas, hasta la formación de oxígeno por fotosíntesis. Todo formando un entramado de dependencia mutua.


Creemos en la colaboración como fin último de cada relación; creemos en seguir las reglas básicas de la red y en concordancia con su telos – termina sirviendo a la estabilidad de ambas, siendo que el telos último de la vida es la reproducción de la vida misma.

En esta red ¿Dónde queda el ser humano? La especie humana, siendo el mayor Hub del sistema Tierra tiene un mayor efecto en la red y por tanto una mayor responsabilidad en sus acciones para con el medio; así los resultados positivos o negativos se reproducen y se multiplican a escala planetaria, la felicidad y el sufrimiento hacen más eco e impactan en el resto de las especies . Muchos pueblos no occidentales de todo el mundo lo saben.


No sacrifican a sus hijos en nombre de la naturaleza, pero tampoco sacrifican a la naturaleza para cumplir caprichos; toman de ella lo que necesitan y sirven a su vez, de vehículo para el telos de la misma, mostrando un profundo agradecimiento y conocimiento de su papel en el entramado; no hay jerarquías, hay reciprocidades.


En la tradición Budista, un árbol no es sólo un árbol. Es la lluvia que lo alimenta, el sol que lo nutre y la tierra que lo sustenta; “la vida es una, sostiene muchos elementos en ella y se manifiesta en múltiples formas, pero cada una de ellas es dependiente de todas las demás […] la Vida se mantiene gracias a este constante dar y recibir” (Kumar, 2013).


En el sistema filosófico de los pueblos del Sur, éste pensamiento se ha articulado bajo el nombre de “Buen Vivir” (suma kawsay, suma qamañna, balu wala, ñande reko, shiir waras en diferentes idiomas originarios). Este “Buen Vivir” o “Vida Dulce” es un “eje de actuación individual y colectiva que implica una relación indisoluble e interdependiente entre el universo, la naturaleza y la humanidad, donde se configura una base ética y moral favorable al medio ambiente, el desarrollo y de la sociedad donde se manifiestan y se hacen necesarios la armonía, el respeto y el equilibrio (Rojas, 2009)


En este sentido, existen numerosos intelectuales, indígenas como Fernando Huanacuni Mamani y no indígenas como Catherine Walsh, Pablo Dávalos o Boaventura de Souza entre muchos otros, que toman el Buen Vivir desde su concepción indígena y lo resignifican a la luz de la preocupaciones actuales.


Luis Macas, líder ecuatoriano lo define como:

“… La plenitud, lo sublime, excelente, magnífico hermoso(a), superior. El Kawsay es la vida, es ser estando. Pero es dinámico, cambiante, no es una cuestión pasiva. Por lo tanto, Sumak Kawsay sería la vida en plenitud. La vida en excelencia material y espiritual” (Macas, 2010)


En tanto que Huanacuni lo explica como:

“Significa vivir en equilibrio o armonía […] despertar en el contexto de relacionamiento con la vida, complementándose con todas las formas de existencia […] es vivir en armonía con los ciclos de la vida, saber que todo está interconectado, interrelacionado y es interdependiente; es saber que el deterioro de una especia es el deterioro del conjunto” (Huanacuni, 2010)


Creemos que el enemigo a vencer es justamente el desbalance y que las preguntas sociales, científicas y productivas deben orientarse a qué acciones tienen el potencial de recuperar la armonía entre los entes que menciona Huanacuni.


Siguiendo con esta línea de pensamiento creemos que la tecnología y los negocios deben seguir dos principios éticos fundamentales: Empatía y Armonía


El sentimiento de empatía va más allá de simplemente “ponerse en el lugar del otro”. Es entender que efectivamente ese otro es parte de mi y que únicamente del flujo armónico entre ambos y de nosotros con el sistema (que también soy yo) se pueden establecer relaciones que produzcan bienestar, felicidad y abundancia para mi y para todo el sistema. Creemos que partiendo de ese principio las relaciones equilibradas entre los entes que conforman las redes permiten que perduren de manera sana y duradera.



Así, en concordancia con el Buen Vivir, Tierra de Monte busca asignar estos valores éticos a nuestro quehacer científico y empresarial facilitando que el hombre se reconecte con la red de manera armoniosa y empática.  ¿Cuál red? Todas.

  • Que el ser humano se conceptualice como un elemento más de la naturaleza a nivel emocional, eliminando el concepto de “recursos naturales/capital natural” y se reintegre a la trama de la adoptando el rol ecológico que le corresponde.

  • Que al producir sus alimentos, sea un elemento de generación de abundancia y diversidad para los ecosistemas.

  • Que las relaciones entre los que producen, comercializan y consumen sean justas y faciliten el flujo de bienestar material para todos.

  • Que los saberes conversen multidireccionalmente sin jerarquías; que la ciencia y los conocimientos llamados “tradicionales” se comuniquen y se encuentren sentido uno al otro.

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