Así en el amor y la biodiversidad: cuando das algo por sentado corres el riesgo de perderlo.

Hace décadas, astronautas que regresaban a la Tierra en cápsulas espaciales sufrieron de una despresurización. Además de la obvia falta de oxígeno, se observó que sus cuerpos se inflaron hasta casi estallar. Esto no es una rareza, porque los humanos surgimos y nos adaptamos a un entorno con gravedad, y al no tenerla, sobrecompensamos algo que ya no está.


No es difícil decir que no somos los primeros seres en deambular en este Mundo. Cuando los mamíferos pisaron la Tierra, ésta ya estaba alfombrada por una inmensa diversidad de organismos que cubre prácticamente todo; desde los suelos y los mares, hasta el interior mismo de nuestro cuerpo. Aceptémoslo, célula por célula somos más una comunidad bacteriana que un ser humano, no es que nadie esté llevando la cuenta. La biodiversidad es tan natural en nosotros como la gravedad misma.


El caso de las plantas no es muy distinto. Las plantas que extendieron sus raíces por primera vez en los suelos terrestres no se encontraron un yermo mineral, sino una comunidad increíblemente compleja de bacterias, protozoarios y hongos. Desde el minuto en que comenzaron su existencia, las plantas han proliferado en un medio biológicamente activo y dinámico que lejos de presentar la eterna lucha por la existencia, es un requisito mínimo para la vida de los llamados organismos superiores. Somos organismos nacidos de, y adaptados a, la biodiversidad.


Como ejemplo, basta saber que los seres humanos carecen de las capacidades metabólicas para digerir celulosa, y sin embargo hay quienes se alimentan únicamente de vegetales. Esto significa que “tomamos prestadas” funciones que se encuentran en otros organismos para satisfacer necesidades propias.


Las plantas, por su parte, requieren naturalmente de otros organismos para funciones tan básicas como la obtención de nitrógeno, la defensa contra enfermedades o la traslocación de minerales.


En comunidades fotosintéticas diversas, en que la lógica canónica de la competencia nos llevaría a pensar que la diversidad significa una pugna por recursos que mantiene a todas las especies a raya, se ha demostrado que la productividad unitaria se incrementa gracias a la presencia de los demás. Autores como Bradley Cardinale han demostrado que la biodiversidad no sólo es un subproducto de la diversificación de sustancias en un ecosistema, sino que, por el contrario, puede determinar su capacidad productiva.


La diversidad no significa solamente una tómbola en el que se encuentran las especies útiles revueltas con las demás, sino que el hecho mismo de que exista diversidad actúa como un motor productivo en todos los sistemas vivos, tal como solamente con la mezcla de todos los colores se produce la luz blanca, sin que ninguno de ellos sea más importante que los otros, pero en el que todos contribuyen a un resultado final que no se encuentra en ninguno de los elementos individuales.


A diferencia de la gravedad, la biodiversidad es algo que hemos alterado enormemente en nuestra breve presencia en el Planeta. La agricultura es una de las actividades que más depende de la salud del ecosistema, y es sin duda una de las que más ha contribuido a su deterioro. ¡Vaya ironía!


En los tiempos actuales en que inmensos capitales privados se están invirtiendo para la exploración espacial, grandes avances se están gestando para contrarrestar los efectos de la falta de gravedad. No queremos más astronautas muertos por la pérdida de algo que dábamos por descontado.


Me pregunto cuándo la biodiversidad alcanzará los niveles de despresurización suficientes para que comencemos a sentir que debemos actuar en consecuencia, y no simplemente darla por hecho.




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