Hay muchas maneras de matar pulgas, pero hay unas mejores que otras….

Los insecticidas son uno de los temas más urgentes de la agenda agrícola. Por un lado, porque debido a la resistencia inducida nos estamos quedando sin opciones de una manera más rápida de lo que se había estimado, por otro, porque estamos avanzando hacia opciones cada vez más tóxicas, en un Mundo en que la crisis ambiental es cada vez más evidente.

Mala combinación. Si a esto agregamos la debilidad progresiva del peso frente al dólar, el campo mexicano se enfrenta a la realidad de productos costosos, ineficientes y tóxicos. Esa realidad la sufrimos y la compartimos todos: los costos financieros y ambientales de los agroinsumos los pagamos también los consumidores, aunque sin duda alguna el agricultor lleva ahí la peor partida.

Creo que es un tema suficientemente relevante como para desmenuzarlo un poco:

  1. La resistencia inducida:

La resistencia es un fenómeno al que estamos muy acostumbrados como una fuerza imbatible  que proviene de la lucha por la sobrevivencia de las especies. Si bien es cierto que tiene mucho que ver con la adaptación, la velocidad a la que se está sucediendo la resistencia a sustancias nuevas no parece tener el mismo cronómetro que el resto de la evolución. Hay quizá dos puntos de los que se sabe poco, y que influyen mucho:

  1. Los cambios que permiten la resistencia a una sustancia muchas veces aparecen ANTES de darse el contacto con ésta. Lo que quiero decir es que las especies no mutan “para” resistir, sino que entre la variabilidad que naturalmente existe, habrá algunos individuos con predisposición a resistir.
  2. Al ocurrir el contacto con la fuerza selectiva (en este caso, la sustancia tóxica) un grupo de individuos tendrán mayor capacidad de sobrevivir que otros. Los que sobrevivan, tendrán que aparearse entre ellos, al no haber más opción, permitiendo exacerbar la resistencia (hijo de tigre, pintito). Este fenómeno se conoce como cuello de botella, porque reduce la diversidad de una población a un pequeño grupo, a partir del cual se construirá la siguiente generación.

Todo lo anterior significa que cuanto más agresiva sea la presión selectiva, más dramático será el cuello de botella. También significa que si existe la capacidad de resistir la presión en un grupo muy pequeño que acarree los genes correspondientes, la reproducción entre estos individuos generará casi en su totalidad organismos resistentes, o al menos, portadores de los genes de resistencia.

  1. La resistencia no-genética:

Todo aquél que haya realizado el desarrollo de un producto agrícola, tendrá la experiencia de que los resultados en campo difieren de los resultados de laboratorio. La vida busca siempre salidas, y cuanto más complejo el sistema, mayores las posibilidades. Los organismos que enfrentan una presión selectiva pueden cambiar de hábitos rápidamente, evadiendo, si no resistiendo, a las barreras que se les imponen. De este modo, muchos insectos burlan el efecto de pesticidas sin necesidad de generar una resistencia genética a ellos.

Debido a estos dos factores, nos vemos en la necesidad de incrementar la toxicidad de los plaguicidas constantemente. Ya sea por incrementar la dosis utilizada, o por el desarrollo de nuevas sustancias más agresivas o con modos de acción ingeniosos y diversos, nos hemos metido en una carrera armamentista difícil de ganar. Sin embargo, no vemos el Mundo infestado de insectos. Como dije, la vida busca salidas, y para toda acumulación hay una válvula de escape. Para los insectos hay una muy clara: son el pan y la tortilla de los ecosistemas. Aves, peces, reptiles, anfibios, plantas, hongos y bacterias se alimentan de ellos. Incluso muchos artrópodos, insectos o no, se sustentan únicamente de dietas de insectos.

Siendo difícil introducir peces o camaleones en un campo de maíz, los hongos y bacterias son una opción más aterrizada.

Los hongos y bacterias entomopatógenos son microorganismos que, como toda la gran lista mencionada, se forman en la fila para alimentarse de los insectos. Como depredadores que son, tienen mecanismos para alcanzar a sus presas, ya sea mediante atrayentes químicos, mediante esporas que flotan en el aire y se depositan sobre ellos, o simplemente tomando posiciones estratégicas cerca de las zonas de alimentación en la rizósfera (un poco como los leones cazan cerca de los cuerpos de agua).

¿Qué pasa con la resistencia?

Los depredadores tienen un modo de acción complejo. Ante un ataque de este tipo, no es un gen, sino el resultado de todo el genoma el que se compromete. Es decir, si bien hay estructuras que permiten fortalecer las defensas o incluso contraatacar, difícilmente puede cambiar de golpe la suficiente cantidad de factores para resistir a un depredador. Casi imposible, sin embargo, no es “imposible”.

Teniendo eso en mente, en Tierra de Monte diseñamos el producto Pro-t-g, buscando utilizar una combinación de entomopatógenos diversa, que permitiera una acción tan compleja que:

  1. Funcionara con la velocidad suficiente para controlar las plagas.
  2. Evitara la generación de resistencia.

Pero aclaro: mezclar y combinar tienen sus diferencias.

En Tierra de Monte confiamos en la efectividad del trabajo cooperativo por encima de los protagonismos. Cuando seleccionamos los microorganismos, no buscamos aquellos que tuvieran la mayor efectividad de manera individual, y luego los mezclamos en un “Dream Team”. Lo que buscamos fue una selección que permitiera la mayor efectividad en conjunto. Es falso que un equipo sea tan fuerte como su jugador más débil. La realidad es que un equipo es tan fuerte como lo difícil que es separarlo, como lo mucho que se mantiene unido (el que no lo crea, tiene el ejemplo del Velcro).

Eso es Pro-t-g. Un equipo de microorganismos diverso, balanceado y cooperativo, con una actividad insecticida rápida y eficaz.

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